| "Todos
los seres humanos nacen libres e iguales en
dignidad y derechos."
Del Art. 1º de la Declaración Universal
de Derechos Humanos, 1948.
EL delegado del FMI durante los febriles meses
de mi mandato presidencial, Anoop Singh, publicó
un artículo de opinión en el que
sostiene: "En la Argentina, desde 2002,
la pobreza cayó a la mitad y la tasa
de desempleo descendió al 8%, resultando
el programa de gobierno Jefas y Jefes de Hogar
efectivo en conseguir estos logros". Más
que un reconocimiento tardío o un mea
culpa, esa aseveración es una hipocresía
que esconde el fondo de la cuestión.
La caída de la pobreza y de la desocupación
no es logro de un subsidio, sino de un modelo
económico productivista al que el FMI
combatió. Como muchos recordarán,
meses después de la puesta en marcha
de ese nuevo paradigma, cuando ya se veían
sus primeros resultados positivos (los números
de la macro y la microeconomía mostraban
la recuperación del país), el
Fondo seguía reclamándonos "un
programa sustentable".
No era, pues, un error de enfoque o incomprensión
de nuestra realidad de parte de los funcionarios
del organismo. Es la política del Fondo.
La Argentina iniciaba un camino independiente
de los modelos de ajustes, y eso iba en contra
de los postulados dogmáticos y la acción
concreta de un ente multilateral comprometido
con las naciones altamente desarrolladas, más
interesadas en captar mercados que en permitir
sus desarrollos propios. Así, una Argentina
pujante (como un Mercosur en expansión)
son trabas a esa pretensión.
Volvamos a la formulación de Singh. El
Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados, en
verdad, fue la primera experiencia masiva de
aplicación de la renta básica
de inclusión en América latina.
Sus características originarias fueron
la universalidad del derecho para los desempleados,
una contraprestación que se traducía
en exigencia de escolaridad y controles de salud
de los hijos de los beneficiarios, y un monto
que estaba por encima de la línea de
indigencia.
Tales condiciones la equiparaban a las experiencias
de posguerra, materializadas en Gran Bretaña,
primero; luego, en Finlandia, y posteriormente,
en la casi totalidad de los países del
oeste europeo. Se denominó Renta Básica
(Holanda), Dividendo Social (Inglaterra), Subsidio
Universal (Bélgica), Renta de Existencia
(Francia), etc., a este instituto aplicado en
épocas de crisis, de origen anglosajón,
con raíces en el siglo XVIII, que fue
instrumentado ante las secuelas sociales de
la guerra.
El éxito en la aplicación del
Plan Jefas y Jefes fue esencial para consolidar
uno de los pilares de mi gobierno de salvación
nacional: alcanzar la paz social. Objetivo similar
se logró en Europa, con una cuestión
adicional de suma importancia: contribuyó
eficazmente al derrumbe del delito y de la inseguridad.
Aquí, el programa Jefas y Jefes de Hogar
se ha tornado ineficaz y ha perdido su contenido
original. La asignación de 150 pesos
equivale, apenas, al 34% del monto que cubre
la línea de indigencia, y los controles
de escolaridad y salud se abandonaron. Ninguna
otra política o programa social reemplazó
efectivamente los alcances de aquel. Sólo
anuncios y pinceladas cosméticas.
Al mismo tiempo, los subsidios del gobierno
para controlar las tarifas de los servicios
públicos favorecen mucho más a
los sectores medios y altos, y apenas si alcanzan
a los más postergados. El economista
Javier González Fraga ha mostrado que,
si se estiman los valores que debieran tener
los combustibles y la electricidad, de no estar
subsidiados, por cada 80 litros de nafta que
se carga a un automóvil se está
recibiendo un plan Jefas y Jefes, es decir,
150 pesos. Y otro tanto ocurre por cada 20 pesos
de consumo eléctrico. Todo esto amplía
la brecha de la ya injusta distribución
del ingreso.
En suma, mientras aquí seguimos discutiendo
si es válida o no una renta de inclusión
que garantice el derecho a la existencia, en
Europa y en los Estados Unidos se han creado
instituciones permanentes que incentivan el
debate acerca de la necesidad de establecer
un nuevo derecho al ingreso universal, que alcance
a la totalidad de la población, independientemente
de su condición social.
Se trata, como se ve, de un nuevo derecho humano.
En tal sentido, es una lucha equivalente a la
que se libró en los albores del siglo
XX para obtener el sufragio universal. Del mismo
modo que el voto, el ingreso universal, en el
siglo XXI, significará una ampliación
de la frontera de la libertad del ser humano.
Desde el fin del Estado de Bienestar, construido
a mediados del siglo pasado –que comienza
a caer a partir de marzo de l976–, ha
gobernado la lógica del mercado: desregulación
económica y ajuste de las políticas
sociales, con la consecuencia lógica
de desocupación y marginalidad e inseguridad.
Deberemos, entonces, replantear el rol del Estado
y darnos un gran debate acerca de qué
haremos con los cientos de miles de argentinos
olvidados.
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