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los comienzos, el Gobierno mantuvo equilibrio
ante el piqueterismo espontáneo. Pero
hoy muestra débil autoridad para exigirle
cordura.
Los argentinos tenemos un problema con la ley,
desde chiquitos. Como historia colectiva, visto
que cuando éramos colonia nuestra sociedad
criolla aprendió a transgredir la norma
española y, ya independientes, consumió
casi todo el siglo XIX en alcanzar su integración
bajo una ley común.
Y como historia personal, cuando nuestros pibes
incorporan temprano la imagen social de que
el cumplidor es un ganso falto de viveza.
Hay leyes escritas y leyes no escritas que en
el siglo XVIII la Enciclopedia clasificaba dentro
del "derecho de gentes". Unas u otras,
o ambas, se violan
cuando grupos humanos bloquean puentes que vinculan
a dos países,
asumiendo roles de política exterior
en sustitución del Estado. O cuando la
exigencia salarial de otro grupo cancela el
tránsito en una ruta. O cuando ciudadanos
indignados arrancan decisiones a los miembros
de una legislatura. O cuando sectores estudiantiles
impiden una asamblea universitaria.
Y no se trata de la discusión sobre la
legitimidad de las causas.
No, señor; las hay malas y justísimas.
Se trata de la imprescindible
discusión sobre el fin y los medios de
los comportamientos sociales y su relación
con la democracia.
Y no parece importarnos mucho, desde que, en
la acción directa, mostramos desconfianza
en que los caminos institucionales no agresivos
a los derechos ajenos puedan llevar a la satisfacción
de nuestro reclamo. Ese atropello no entra en
nuestra contabilidad, sólo incluimos
el que creemos estar sufriendo.
Un gobierno es también un producto de
cada idiosincrasia nacional. Y el
nuestro se muestra fiel a sus raíces:
temerario en la picardía y ambivalente.
Cuando, en los comienzos de esta gestión,
el piqueterismo era todavía espontáneo,
el gobierno mantuvo una conducta equilibrada,
incluso resistiendo la impaciencia de sectores
de opinión. Luego, se tentó a
lograr su aprovechamiento como instrumento de
poder.
Aparece ahora un gobierno que pide con débil
autoridad cordura a estas expresiones populares.
Y es el mismo gobierno afecto a desplantes frente
a adversarios inocuos, o inventados, o incomprensiblemente
innecesarios. Y es el mismo que también
subvalora la ley acumulando poderes discrecionales,
en un rumbo que desvirtúa la esencia
de la república. La suma algebraica de
falta y exceso de autoridad da un resultado
anómico contrario al progreso de la democracia,
que es un delicado equilibrio entre mi derecho
y el de los otros, regulados por una autoridad
estatal de límites claros.
No es cosa sencilla enfrentar el problema, de
existir voluntad de hacerlo. Y no sólo
por los riesgos de
impopularidad que
el gobernante debe asumir: todo acotamiento
de la acción directa orilla inevitablemente
la represión física, y ella es
a veces impredecible en sus consecuencias. No
es bueno tampoco que la oposición acose
al gobierno, si produjera iniciativas para dicho
acotamiento.
Pero ganarse ese crédito obliga al oficialismo
a evitar los abusos fundados en mayorías
siempre circunstanciales. Nuevamente,
el gesto desde el poder hace docencia
y genera compromiso hacia la concertación.
Pero no olvidar que en una enfermedad de la
cultura política como ésta, el
tratamiento no cabe solamente al gobierno. Nuestra
sociedad debe mostrar clara sanción a
la acción directa y no escandalizarse
cuando la utilizan otros y justificarse cuando
cree que sus intereses la reclaman.
No tendremos buen pronóstico si nuestros
chicos asocian la participación social
y política con la imagen de muchachones
encapuchados portando palos —que evocan
el fusil— o con multitudes iracundas que
fuerzan decisiones de gobierno. El contrato
democrático es mucho menos espectacular,
no alimenta noticieros, está lleno de
compromiso y vacío de arbitrariedad.
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