| Si
las políticas sociales están dirigidas
al bienestar general, las económicas
¿se dirigen al malestar?
La idea de que las políticas económicas
se distinguen de las de carácter social
por disponer de fines diferenciados, lamentablemente,
sigue siendo usual. Así como las primeras
estarían formuladas especialmente con
el objetivo del crecimiento de la economía
y la estabilidad monetaria, las políticas
sociales tendrían finalidades específicas
tal como mejorar las condiciones de vida, la
equidad, la distribución del ingreso
y el bienestar general. Mientras unas estarían
vinculadas al logro del desarrollo económico
(indicado especialmente por la cuenta del Producto
Bruto Interno per cápita), las otras
deberían dirigirse al logro del desarrollo
social o humano. Esta reduccionista y ficticia
separación entre políticas sociales
y económicas, aunque ha sido cuestionada
por algunos autores, continúa claramente
instalada en los discursos académicos,
políticos y sociales. A su vez, es característico
en muchos de los trabajos que abordan dicha
dualidad, el olvido de la funcionalidad o finalidad
del resto de las políticas públicas,
tal como las de seguridad, relaciones exteriores
o medio ambiente. En este marco, en el trabajo
presentamos algunas reflexiones a partir de
los siguientes interrogantes: ¿Hasta
qué punto la política social tienen
especificidades que la distingan del resto de
las políticas públicas? ¿En
qué grado puede la gestión de
políticas y programas sociales lograr
los denominados “objetivos sociales”
que generalmente se propone?.
1 Los objetivos de
las políticas sociales
Haciendo una rápida lectura de los objetivos
que tradicionalmente se le asignan a las áreas
que desarrollan la gestión social de
un gobierno, no debe extrañarnos que
aparezcan las referencias vinculadas al bienestar,
la solidaridad, la equidad, la emergencia o
la satisfacción de necesidades mínimas.
Pero a su vez, esta definición de carácter
finalista (1),
también suele ser común en el
campo académico de las políticas
y la gestión social. Entre muchos otros
autores, Ezequiel Ander Egg (1999) y Asa Laurell
(1995), retoman los objetivos del “bienestar”
para distinguir las políticas sociales.
Esta perspectiva adopta también el Léxico
de la Política, donde se define a la
política social como “aquella parte
de la política general que tiene como
meta específica promover el bienestar
económico–social de la población”
(582).
Sabido es que nuestra manera de entender a las
políticas suele estar vinculada a la
nuestra comprensión respecto del Estado.
Las definiciones carácter finalista,
al remarcar el “deber ser” de las
políticas, pero expresando sus afirmaciones
desde “lo que es”, suelen asociarse
con el pensamiento de la doctrina social de
la Iglesia. Desde sus posiciones tradicionales
se visualiza al Estado como un actor que guiado
por objetivos éticos, “es”
por naturaleza “garante del bien común”.
Dada la total ambigüedad del término
“naturaleza”, estas definiciones
finalistas poco sirven al momento de intentar
explicar la realidad tal como es (o tal como
parecería ser a la luz del observador).
Esta confusión entre la descripción
y la prescripción que, en la ciencia
política tuvo un corte extraordinario
con la obra de Nicolás Maquiavelo, ha
llevado también a definir a las políticas
y la gestión social desde lo que “deberían
ser”, dejando de lado nada menos que las
contradicciones y ambigüedades que pueden
existir entre sus objetivos o las relaciones
de poder que las atraviesan.
Desde otra perspectiva, José Luis Coraggio
llama la atención sobre los problemas
que trae la diferenciación entre objetivos
de políticas económicas y sociales,
proponiendo el análisis y la acción
integral a través del concepto “políticas
socioeconómicas”. La diferenciación
“implica aceptar que la política
económica no tiene como objetivo el bienestar
de la población” (1999:43). Sin
embargo, la orientación que propone el
autor también cabe incluirla entre las
de carácter finalista, dado que aunque
plantea la estrecha relación entre ambas,
considera que estas políticas “están”
guiadas por fines valorativos determinados.
Siguiendo una tradición crítica
en el campo de la economía, expresa que
“el objetivo de todo sistema económico
es el de la asignación eficiente de recursos
escasos para la satisfacción de las necesidades
humanas” (162). Es decir, aparece nuevamente
el “deber ser” planteado en términos
de lo que es. Y como bien se pregunta Sonia
Fleury, si las políticas de un país
no cumplen con las finalidades enunciadas, ¿deberíamos
decir que no existen políticas sociales
en ese determinado país? Por otra parte,
consideramos que las políticas públicas
son las que “deberían” estar
dirigidas hacia el logro del bienestar y no
sólo las de carácter socioeconómico.
Esto lo retomaremos más adelante.
Sabido es que en los ‘90 en América
Latina el crecimiento económico y el
aumento del gasto social per cápita (2)(3),
no produjeron una mejora de la equidad y ni
siquiera lograron estabilizar el porcentaje
de personas en situación de pobreza.
Con este dato, rápidamente se suele inferir
que la gestión social ha tenido problemas
de eficacia y eficiencia. (4)
Independientemente de que toda mejora de la
gestión es bienvenida (siempre que la
energía invertida sea inferior al logro
obtenido), estamos frente a un error en la reflexión
lógica. La equivocación pasa también
en este caso, por considerar a las políticas
sociales como las principales constructoras
de la equidad y la reducción de la pobreza.
Esto no es así. Al respecto, cabe recordar
el fuerte impacto que se puede lograr en la
equidad de un país al transformar su
sistema impositivo. De cualquier manera, el
tener en cuenta que las políticas económicas
impactan fuertemente en la distribución
del ingreso, no nos debe llevar a priorizar
un tipo de política estatal por sobre
otra, tal como lo hace la Teoría de Derrame
con su consigna: “la mejor política
social es una buena política económica”.
También es claro que la mejor de las
políticas económicas seguirá
necesitando de una articulada política
social (Merchand Rojas: 2). Pero esta necesaria
articulación no debe ser promovida porque
se trata de políticas con objetivos diferenciados,
pero compatibles. Por el contrario son políticas
que deberían adoptar las mismas finalidades.
Las políticas sociales no pueden ser
diferenciadas de las económicas o de
las de seguridad, las de justicia o las de relaciones
exteriores por perseguir objetivos distintos.
Desde un punto de vista valorativo, desde “el
deber ser”, no nos cabe duda de que toda
“política estatal” debería
tener por objetivo final el bienestar y la equidad.
El limitar los objetivos de bienestar a las
políticas de carácter social,
genera dos claras consecuencias negativas: Por
una parte libera al resto de las áreas
de gobierno de esta enorme responsabilidad.
Valga como ejemplo el hecho de que más
de un economista (ortodoxo) ha definido la situación
de la Argentina a mediados del 2006, como muy
buena, en términos macroeconómicos.
Cuatro años de crecimiento a tasas muy
altas, superávit fiscal, inflación
baja y controlada. Claro, olvidan que los indicadores
de inequidad, pobreza, trabajo en negro y desocupación
siguen siendo muy altos. Pero estos son ubicados
fuera de los objetivos macro-económicos,
ya que son entendidos como “objetivos
sociales”. Sin duda, la persistencia de
este malentendido también es responsabilidad
de quienes trabajamos en el campo social. Así
como solía utilizarse en los 90 a la
burocracia estatal como chivo expiatorio de
los males sociales, no es extraño escuchar
hoy en día en los pasillos de los sectores
sociales, que los responsables de luchar por
la equidad somos nosotros, ya que el adversario,
el “otro”, el despreocupado del
bienestar social, dado que especialmente responde
al capital, se ubica en las áreas económicas.
En segundo lugar genera la consecuencia de desprestigiar
aún más la gestión social
latinoamericana, ante lo que se entiende como
sus “reiterados fracasos”. Como
decíamos, la culpa de la inequidad creciente
y los altos niveles de pobreza parecerían
ser consecuencias del mal gasto, de la burocracia,
de la ineficiencia de la gestión social.
Tampoco es así.
2 La funcionalidad
de las políticas sociales
Una manera alternativa de definir a las políticas
sociales privilegia la funcionalidad que ellas
tienen dentro de procesos políticos y/o
estructurales más amplios. Desde la perspectiva
neoliberal, las políticas sociales son
concebidas por su función de compensación
al aliviar la situación de los marginados
del mercado. Thomas Marshall señala que
la política social “usa el poder
político para reemplazar, completar o
modificar operaciones del sistema económico,
con el fin de alcanzar resultados que el sistema
económico no lograría por sí
mismo, y al hacer esto, lo hace orientado por
valores distintos a los de las fuerzas del libre
mercado". Posteriormente, el discurso del
Consenso de Washington fue claro: dado que uno
de los estímulos al crecimiento es el
aumento de la desigualdad (por ejemplo, a través
de la reducción de los impuestos al capital
o los aportes patronales a la seguridad social),
es preciso que otras políticas, las sociales,
sirvan de “paliativos” o “compensación”
por los daños inmediatos resultantes
de las políticas de ajuste, estabilización
y crecimiento.
Desde la izquierda también aparecen algunas
teorías en donde se privilegia la mirada
funcional de las políticas sociales.
“Son las dirigidas al control social”;
“cumplen la función de legitimar
a las élites gobernantes”; “están
dirigidas a apoyar la reproducción de
la fuerza de trabajo”, “a compensar
los efectos del modo de producción capitalista”;
“a atenuar las crisis de legitimidad”.
Dentro de esta concepción, Claus Offe
considera que “la política social
es la manera estatal de efectuar la transformación
duradera de obreros no asalariados en obreros
asalariados” (1990:78). Siguiendo esta
reflexión, expresa que “la función
más decisiva de la política social
es su regulación del proceso de proletarización”
(84). Ahora bien, en dicho proceso ¿sólo
participan las políticas sociales? ¿Las
económicas, no? Considero que la perspectiva
de Offe tiene el mismo problema lógico
de las anteriores definiciones finalistas. Para
ser válida la definición, la función
señalada sólo debería cumplirla
la política social y no así el
resto de las políticas estatales. Por
ejemplo, si definimos las políticas sociales
por estar dirigidas al control social, ¿qué
podríamos decir de las políticas
de seguridad? Por otro lado, si las definimos
como generadoras de legitimidad, ¿qué
decir de las políticas económicas
cuando inciden en el logro de un alto grado
de crecimiento de la economía? Tal como
señala Sonia Fleury esta manera de entender
las políticas no es capaz de visualizar
las variadas contradicciones que atraviesan
este campo (3).
Permítame la siguiente reflexión
hipotética, a fin de aclarar el problema
que tienen estas perspectivas funcionales. Siguiendo
esta línea de análisis, tres funciones
básicas podrían llegar a cumplir
las políticas sociales. Una de ellas
sería la comúnmente aceptada función
legitimadora del partido gobernante y del sistema
en su conjunto, al conseguir “votos”,
mantener la paz y la armonía social.
Podría decirse también, que otra
de las funciones de las políticas sociales
sería la de brindar determinados beneficios
a sus destinatarios; por supuesto que en grados
diferentes. Pero no hay lugar a dudas de que
los ciudadanos logramos ciertos beneficios al
recibir servicios de salud pública, educación
gratuita o programas de ingreso. A su vez, las
políticas sociales también tendrían
la funcionalidad de contribuir a la mejora,
desarrollo y continuidad del proceso de acumulación
de capital, al disminuir los costos de reproducción
de la fuerza de trabajo; posibilitar un aumento
de la productividad de los trabajadores; etc.
En este sentido puede también considerarse
el proceso de mercantilización de las
políticas de seguridad social desarrollado
en los últimos años en varios
de los países de la región. ¿Quién
sino los empresarios del sector —en Argentina,
a través de las Administradoras de Fondos
de Jubilaciones y Pensiones (AFJP) — han
sido los primeros y principales beneficiarios
de esta nueva “política social”?
(5)
Sin embargo, si ampliamos el espectro no caben
dudas de que en toda política “estatal”
aparecen de manera interactiva y contradictoria
estos tres “objetivos”, “sistemas”
(en términos de Renate Mayntz) o “roles”,
tal como los denomina Oscar Oszlak. Nuevamente
aparece el problema lógico de definición.
Es decir, estas tres funciones no son exclusivas
de alguna de las políticas sectoriales,
sino que son constitutivas de las políticas
públicas en general, con lo cual no nos
sirve esta perspectiva para delimitar qué
entendemos por una de ellas. Además,
en términos de poder sería una
clara debilidad para la estructura de poder
dominante, enmarcar sus diferentes objetivos
en áreas de gobierno formalmente separadas.
La búsqueda de legitimidad, de control
social o el fortalecimiento del capital, no
están limitado a un tipo de política
en particular. El proceso, sin ninguna duda,
es complejo e integrado.
La aparente dicotomía entre las políticas
económicas y las sociales lleva a importantes
confusiones cuando se las considera como ámbitos
paralelos con objetivos diferenciados. Más
aún cuando se relaciona a las políticas
económicas con la acumulación
y a las sociales con el bienestar o la búsqueda
de legitimidad. También con las políticas
sociales se puede favorecer el desarrollo de
excelentes negocios, acumular capital y “fabricar
pobres”. Vuelvo al ejemplo de las administradoras
de fondos de pensión, pero también
por qué no agregar las políticas
de precarización laboral difundidas en
América Latina en los ‘90 o la
desregulación del sistema educativo,
con la cual se promovió la diferenciación
de los servicios según los ingresos de
la gente. Todas ellas son políticas sociales
y lejos están de los valores de solidaridad
y equidad.
No existen diferencias entre la política
económica y la política social
en lo que hace a su funcionalidad, sus objetivos
o sus fines últimos, dado que se trata
de una diferenciación formal y analítica
de las políticas estatales. Se trata
de distintos aspectos de la actividad del Estado,
"los cuales son diferentes pero estructural
y lógicamente reunidos en un idéntico
proceso social" (Fernández/Rozas:26).
Por lo tanto, constituye un error el considerar
que los denominados “objetivos sociales”
tales como el bienestar general y la equidad,
son básicamente objetivos de las áreas
sociales. Mientras el resto de las políticas
públicas sean de carácter regresivo,
sólo con el esfuerzo de las áreas
“sociales” es imposible lograr transformar
sustantivamente la equidad de una sociedad.
También vale la misma reflexión
desde las políticas económicas.
Por el contrario, se los debería entender
en tanto objetivos generales de gobierno, fines
que deben ser asumidos desde todas las áreas
del Estado (6).
Continuar sosteniendo que el bienestar y la
inequidad son objetivos de las políticas
sociales constituye una barrera conceptual,
un límite que incluso provoca mayores
dificultades para el logro de sociedades más
justas. Rolando Franco, más de veinte
años atrás, dice que el logro
de los objetivos denominados sociales “se
relaciona sólo lateralmente con los sectores
sociales. Tienen tanto o más que ver
con los ingresos y aún con el acceso
que ellos dan a través del mercado, al
consumo de los bienes y servicios necesarios
para satisfacer necesidades y alcanzar bienestar”
(1984: 61). En un trabajo más reciente
(2003), Franco modifica esta consideración
al plantear que “la política social
es el gran canal de cumplimiento” (de
los objetivos sociales). De las dos perspectivas,
sin duda, me quedaré con la primera,
dado que no es cuestión de priorizar
a nivel conceptual, una u otra de las políticas
en la búsqueda del bienestar y la equidad.
El crecimiento económico también
debería estar contemplado en los fines
de las diferentes políticas de un Estado,
incluso las sociales.
3 Los pobres y excluidos:
¿los destinatarios de la gestión
social?
Además de las definiciones finalistas
y las de carácter funcional aparecen
también tanto desde los gestores de políticas
como desde la academia, cierta relación
entre la política social y uno de los
problemas sociales: la pobreza. En el marco
del discurso liberal es usual visualizar que
la población – objeto de las políticas
sociales son las personas carenciadas; los excluidos;
aquellos con necesidades básicas insatisfechas;
quienes están debajo de la línea
de pobreza o en la indigencia. El resto de los
individuos debería satisfacer sus necesidades
de salud, educación y empleo en el mercado.
Es decir, desde la perspectiva liberal, las
políticas sociales podrían definirse
por su función (la compensación),
pero también pueden definirse por su
objeto, al tratarse de las políticas
que tienen por “beneficiarios” a
los pobres. Esta concepción lleva a considerar
que la gestión social sólo se
limita a la gestión de programas concretos
dirigidos a los sectores de mayor nivel de pobreza
de la sociedad.
Sabido es que en el siglo XVIII, a esta ideología
se le opusieron las posiciones democráticas
y la perspectiva del Derecho, fundamentalmente
desde el socialismo y la socialdemocracia, quienes
promueven especialmente las perspectivas universalistas.
Desde esta última, la diferenciación
de la sociedad se debe producir al momento de
la recaudación impositiva, pero no al
momento de otorgar el servicio. En el marco
de la escuela pública, “el guardapolvo
blanco” constituye, al respecto, un buen
símbolo de la idea de homogeneidad e
igualdad, históricamente asumida también
por los liberales progresistas. Por lo tanto,
si incluimos a la educación, la salud
o el trabajo dentro de las áreas de carácter
social, está claro que nos queda demasiado
estrecha la definición de “los
pobres” como población-objeto de
estas políticas. Son los pobres, pero
los no pobres también.
A su vez, también es demasiado acotado
pensar a la gestión social como el ámbito
de la gestión pública especializado
en la lucha contra la exclusión social.
Desde los ‘90 este término monopolizó
en Europa las discusiones sobre los sectores
más desfavorecidos, asociándose
a los problemas de desempleo y la inestabilidad
de los vínculos sociales. Aún
existiendo múltiples interpretaciones
del término, comenzó a ser utilizado
en tanto objeto de las políticas sociales,
en documentos oficiales de la Comunidad Europea
(Arriba:9). Es de destacar que suele ser considerado
como un concepto más amplio que el de
pobreza, ya que además de considerar
la pobreza de ingresos incluiría otros
componentes como la marginalidad, el desempleo,
la discriminación, etc. (7)
Pero la perspectiva multidimensional del concepto
“pobreza” ya había aparecido
en concepciones anteriores sobre el fenómeno
(Arriba:10). Existen trabajos en donde se limita
el concepto pobreza al indicador ingreso, pero
muchos otros que entienden el fenómeno
en forma integral. Por otra parte, el concepto
“exclusión social” tiene
la limitación de dar una idea falsa;
la de que existen grupos “excluidos de
la sociedad”, cuando muchos o quizás
todos, están claramente incluidos (como
trabajadores explotados por empresarios que
operan “en negro”, como ejército
de reserva, como “clientes” de líderes
políticos barriales, etc.). Está
claro que esta inclusión no implica,
en lo más mínimo, reconocimiento
de derechos, ni recepción de básicos
beneficios de la sociedad, pero es inclusión
al fin.
4. La gestión
social y la gestión de programas sociales
Algunos trabajos académicos han asimilado
el concepto gestión social al de gestión
de programas desarrollados en las áreas
sociales y han avanzado en el análisis
de sus especificidades. En uno de los trabajos
pioneros en el tema, Bernardo Kliksberg (1989),
explica que la gerencia de programas sociales
enfrenta los siguientes problemas distintivos:
• Turbulencia en los objetivos (ambigüedades).
• Complejidad política de los procesos
de implementación.
• Problemas de acceso de los beneficiarios.
• Relevancia del estilo (la importancia
de “la manera de hacer las cosas”)
• Dificultades de coordinación
(necesidad de la gestión multi-institucional
e intersectorial).
• Necesidad de la descentralización.
• Necesidad de desarrollar instrumentos
de evaluación
Casi diez años más tarde, señala
Kliksberg que la experiencia de la ejecución
de programas sociales muestra, entre otras,
las siguientes “singularidades”:
los objetivos están destinados con frecuencia
a cumplirse en el mediano y largo plazo; las
variables contextuales que pueden incidir sobre
el funcionamiento efectivo de los programas
sociales comprenden un espectro muy amplio de
naturaleza variada; en la ejecución efectiva
de programas sociales de amplitud intervienen
múltiples actores, por lo que implícita
o explícitamente son interinstitucionales;
el proceso real de operación suele ser
complejo y fluctuante; los gerentes sociales
tienen que alcanzar las metas en medio de presiones
diversas (1997: 46-50).
José Sulbrandt (2002), también
en esta línea, considera que existen
“características intrínsecas
a los problemas y programas sociales”:
• Los problemas sociales que se pretenden
enfrentar mediante estas políticas y
programas sociales son altamente complejos.
• Las políticas y programas sociales
persiguen objetivos múltiples.
• En el transcurso de la implementación,
las metas tienden a ser redefinidas.
• Las tecnologías utilizadas tienen
carácter blando.
• La complejidad e incertidumbre rodea
la ejecución de los programas sociales.
• En la ejecución existe un gran
número de instancias de decisión.
• Particularmente en el área social,
existe una notable división y fragmentación.
• Existen diferentes perspectivas para
asumir el programa por parte de los funcionarios.
Otros trabajos más recientes (Martínez
Nogueira, 2004; Moro, 2005) resaltan en tanto
atributos de los programas sociales, la heterogeneidad
o multidimensionalidad de los problemas que
enfrentan, la contingencia, la complejidad de
las interacciones que se desarrollan entre los
actores involucrados, la heterogeneidad de las
poblaciones – objetivos y sus contextos
institucionales, entre otras.
Ahora bien, en primer lugar, entiendo que la
gestión social no debe limitarse a la
gestión de programas. Volviendo al interrogante
inicial del texto me pregunto: si la gestión
social es la desarrollada a través de
programas sociales, ¿cómo deberíamos
denominar a la gestión de estas áreas
cuando no se desarrolla a través de programas,
tal como suelen funcionar las áreas de
acción social directa? Siguiendo el criterio
de limitarlo a los programas, habría
que considerar que en el área de educación
exista “gestión educativa (cuando
se trata de servicios) y a la vez “gestión
social”, dado que así denominaríamos
a los programas focalizados de educación.
Asimilar “gestión de programas
sociales” con “gestión social”
es claramente un desacierto. El campo de la
gestión social debería incluir
tanto la gestión de programas como la
de servicios sociales permanentes.
En segundo término, cabe observar respecto
de las singularidades que aparecen en los tres
trabajos anteriores, que estos atributos pueden
trasladarse a otros tipos de programas estatales
no sociales y nos encontraríamos con
las mismas características. Imaginemos
un programa en el área de la seguridad
pública. Si revisamos las características
enumeradas anteriormente, el contexto, las ambigüedades
de los objetivos, la complejidad de los actores
involucrados, también existen en este
caso. Y está claro que la seguridad y
la defensa no son parte de la gestión
social. Incluso si pensamos en un programa de
tránsito. Oscar Oszlak (2001), analizando
particularmente el primero de los tres trabajos,
señala:
”Por cierto, en la gerencia social, los
procesos de implementación se caracterizan
por una alta densidad de interacciones entre
actores heterogéneos, los intereses no
son siempre coincidentes, se incorporan orientaciones,
expectativas y valores conflictivos, los procesos
de gestión incluyen no sólo a
organismos públicos sino también
a ONGs, gobiernos subnacionales, organismos
internacionales, todo lo cual implica a veces
largos procesos de negociación y búsqueda
de compromiso. Pero ello no es un atributo exclusivo
de las políticas sociales, sino que se
aplica a casi cualquier área de política
cuya implementación se basa centralmente
en dichas tecnologías "blandas".
La gestión del turismo, el medio ambiente,
las políticas agropecuarias -entre muchos
otros casos- participan claramente de estas
características.” (2001:6)
Ni la multidimensionalidad de los problemas
que enfrentan, ni el contexto turbulento, ni
el uso de tecnologías blandas, ni los
problemas de coordinación son especificidades
de la gestión social. En realidad, se
trata del entorno y las características
de la gestión de programas y políticas
públicas actuales. No cabe duda de que
gestionar a través de programas tiene
su especificidad frente a la gestión
tradicional de servicios. El disponer de objetivos
delimitados, resultados formalizados, actividades
definidas, plazos de ejecución y seguramente
mayor flexibilidad laboral, serían algunas
de sus características. Pero esta ya
es otra discusión.
5. La gestión
social y el valor público
La aparición y, luego, el desuso de conceptos
es un hecho recurrente en el mundo académico
y técnico del campo social. Esos conceptos
muchas veces están relacionados directamente
con el autor que les dio origen. Tal es el caso
del concepto valor público. En 1995,
Mark Moore afirmó que “el objeto
del trabajo directivo en el sector público
es la creación de valor público,
del mismo modo que el trabajo directivo en el
sector privado es crear valor privado”
(60). Este es “el valor añadido
por el Estado, la diferencia entre los beneficios
obtenidos por las decisiones públicas
y los recursos y poderes que los ciudadanos
decidan dar a su gobierno” (Kelly y Muers:
1). A su vez, Karen Mokate y José Saavedra
señalan que “el valor público
surge de respuestas eficaces a problemas relevantes
para los ciudadanos” (2003:1). Ahora bien,
en los últimos, años suele plantearse
también de que el fin de la gestión
social radica en la generación de valor
público. Y aquí vuelve a aparecer
el problema de las definiciones finalistas que
antes describía. Dejando de lado el debate
acerca de la pertinencia del concepto y de sus
implicancias, la búsqueda del valor público
podría considerarse en tanto el fin que
deberían seguir todas las políticas
públicas, pero nunca una sola de ellas
en particular.
6 La gestión
social y los sectores sociales
Al carecer de objetivos diferenciados, de funciones
específicas y dado que tampoco pueden
ser distinguidas por su población-objeto
o por la generación de un tipo especial
de valor, nos queda sólo diferenciar
las políticas sociales del resto de las
políticas públicas, por su histórico
y especial campo de acción. Tal como
planteaba inicialmente Rolando Franco, la política
social es un tipo especial de política
o planificación, que engloba varios sectores
denominados "sociales" (1984:61).
Ahora bien, ¿qué áreas
de la gestión pública son de carácter
“social”? Esta pregunta parecería
ser un buen camino para repensar el concepto
de gestión social. ¿De qué
estamos hablando? ¿De la gestión
de un programa de ayuda alimentaria o del sistema
de salud de un país? Si no están
claros los componentes, qué se incluye
y qué otras áreas de la gestión
pública quedan afuera, ¿cómo
es posible encontrar su especificidad?
No existe acuerdo respecto de las áreas
que componen las políticas o la gestión
social. Como decía anteriormente, algunos
autores se limitan a las políticas de
lucha contra la pobreza; otros excluyen las
políticas que mayor grado de universalidad
adoptaron en el siglo XX, las políticas
de educación y salud . Y finalmente otros
toman una perspectiva amplia al considerar las
áreas que tradicionalmente se incluyen
al momento de medir el gasto público
social consolidado. Es decir, la composición
de las “políticas sociales”
depende más de una decisión del
observador que de la especificidad de su propia
naturaleza. Siguiendo la perspectiva amplia,
considero que debería existir congruencia
entre lo que entendemos con el concepto “política
social”, los recursos invertidos en dichas
políticas, el “gasto social”
y su administración o gerenciamiento
(la gestión social). Ahora bien, para
complicar un poco más la situación,
tampoco existe total acuerdo respecto de los
componentes del gasto público social
en América Latina, con lo cual lo más
acertado parecería ser el establecer
de manera explícita qué entiende
cada uno respecto del tema. Particularmente,
considero de carácter “social”
a las siguientes políticas: asistencia
y promoción social; trabajo; tierras,
vivienda y servicios básicos; agua; deporte,
recreación y turismo social; salud y
alimentación; seguridad social; cultura
y educación y ciencia y técnica.
(8)
Un caso especial es el de la política
del “agua”. En el caso argentino
está incluida en la cuenta del “gasto
público social”, pero pocas veces
es vinculada “de hecho” con las
acciones de gobierno de los ministerios o secretarías
de este campo. También constituyen un
caso particular las políticas de población
o también denominadas “demográficas”,
las que no han tenido un desarrollo claramente
autónomo, por lo cual podrían
aparecer de manera parcial en el marco de las
políticas de salud (ej. las dirigidas
al control de la natalidad) y, por otra parte,
conformando las políticas de trabajo
(sería el caso de la regulación
de la oferta de mano de obra a través
de la inmigración).
Haciendo un somero listado de diferenciación
sectorial, fuera de estas áreas sociales
quedarán entonces las área de
defensa; la económica (hacienda pública,
producción, comercio); la de infraestructura
(energía, transporte, urbanismo, medio
ambiente); las de relaciones exteriores, de
administración (interior, reforma administrativa)
y justicia. A fines de los ‘90 realizamos
durante varios años el relevamiento y
sistematización de los programas sociales
desarrollados por el gobierno de la provincia
de Buenos Aires . Allí detectamos “zonas
grises” en donde, por ejemplo, la política
económica y la social aparecen muy poco
diferenciadas. Tal fue el caso de los programas
dirigidos a fomentar el desarrollo de emprendimientos
productivos. Optamos por incluir, en tanto programas
sociales, a los vinculados con la economía
social y los dirigidos al desarrollo o consolidación
de cooperativas y microemprendimientos. Por
esta razón excluimos del relevamiento
a los programas de crédito dirigidos
a pequeñas y medianas empresas, incluso
en situación de crisis. Otra de las zonas
grises, en este caso entre política social
y seguridad, la observamos en instituciones
tradicionalmente ligadas a esta última,
tal como el Servicio Penitenciario Provincial
que desarrolla, además, programas de
asistencia en donde se vincula al detenido con
su familia. 7. Críticas y precisiones
finales
Adoptada esta perspectiva “sectorial”
para definir las políticas y la gestión
social, vale detenernos un momento en las críticas
que suelen hacérsele. Sonia Fleury observa
que “termina siendo una separación
meramente formal y descriptiva, sin proveer
de elementos analíticos” (2). Así
es. Constituye una diferenciación meramente
formal, pero tal como intento explicar en este
artículo, adopto esta posición
justamente porque no aparecen diferencias conceptuales
o analíticas con el resto de los tipos
de políticas. Otra crítica que
suele plantearse es que “supone una separación
artificial entre políticas económicas
y sociales”. También es verdad.
La separación de las políticas
estatales debe ser considerada totalmente artificial,
dada la naturaleza “integral” de
las políticas y la imposibilidad de distinguirlas
según sus fines u objeto. Las políticas
sociales constituyen el conjunto de acciones
y omisiones que el Estado materializa en las
áreas tradicionalmente así definidas.
Analizar determinada política social
implicará, tal como toda política
pública, el estudio de su entorno; de
los macro objetivos institucionales; los planes,
programas y proyectos que se desarrollan; sus
relaciones intra e interministeriales; sus acciones
no planificadas, las relaciones de fuerza que
se desarrollan entre los actores involucrados
y también las decisiones de no intervención
que el Estado pueda haber tomado. Aunque algunos
autores no incluyen estas omisiones en el concepto
de política pública, se trata
de decisiones muy importantes de tener en cuenta,
dado que implican intervenciones no deseadas,
o bloqueadas o por alguna razón, ni siquiera
detectadas.
Sólo con el objetivo de proponer su posterior
reflexión, vale detenernos un último
instante, en el término “tradicional”
de la definición resaltada en el párrafo
anterior, dado que justamente la tradición
académica, los discursos públicos
y la gestión política fueron modelando
con el paso de las décadas cierta especificidad
del campo analizado. La especificidad estaría
más dada por “lo que se dijo”
del objeto más que en su naturaleza.
En este sentido, la gestión social constituye
un ámbito de la política estatal
en donde tradicionalmente se espera que estén
concentrados los esfuerzos por el logro de la
equidad, la solidaridad y la justicia social.
Este discurso, por supuesto erróneo,
que ni siquiera distingue la heterogeneidad
intrínseca del campo, le ha dotado de
cierta especificidad discursiva y valorativa
al campo, por lo que consideramos muy importante
explorar. Desde adentro y desde afuera de los
sectores sociales; desde la gestión y
desde el campo académico; tanto se dijo
de que aquí estaba concentrada la lucha
por la equidad, que algunos se fueron convenciendo.
Sin lugar a dudas, queda mucho por analizar,
pero sería muy razonable, que siguiendo
las normas básicas de una definición,
sigamos repensando el alcance de la política
y la gestión social sin olvidar tanto
su complejidad intrínseca como su género,
la comprensión del Estado y las políticas
públicas.
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Notas
(1)
En el caso de Ezequiel Ander Egg, el hecho de
distinguirlas por dicho objetivo, entiendo que
lleva al autor a incluir en el campo de las
políticas sociales, áreas tradicionalmente
no consideradas “sociales”, tales
como el medio ambiente y la seguridad ciudadana.
(2)
Marshall, T., Social Policy in the Twentieth
Century, Hutchinson, Londres, 1975 en Fernández,O.:11.
(3)
Valga el caso de la Argentina en inicios de
los ‘90, con la popularidad alcanzada
por el gobierno justicialista, fundamentalmente
por el logro de la estabilidad macroeconómica.
(4)
Sin duda, algunos de estos “beneficios”
se dan en un marco clientelar, donde el “beneficiado
cliente” en realidad está pagando
con creces este bien recibido. De cualquier
manera, muchas veces se valora dicha relación,
ya que el “cliente” recibe un beneficio
al que una persona excluida de la relación,
ni siquiera accede. Respecto de dichas relaciones,
Coraggio plantea: “La cuestión
es qué construcción simbólica
hacen de esas relaciones y si al participar
de ellas pierden su potencial para construir
una autonomía colectiva” (2005:13).
(5)
Puede enmarcarse este tema en el debate, especialmente
fructífero en los ‘70 y ‘80,
sobre los niveles de autonomía del Estado
capitalista respecto del capital y las particularidades
de los estados periféricos.
(6)
Tal como en el Libro Verde de Políticas
Social, de 1993.
(7)
Luis Moreno distingue distintos niveles de políticas.
En un nivel específico, el autor afirma
que las políticas de salud y educación
podrían no considerarse dentro de las
“políticas sociales”.
(8) En el
marco de la Universidad Nacional de Quilmes,
junto con Daniel Cravacuore, Marcela Fernández
y Alejandro Villar.Reseña biográfica
del autor
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