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reconocimiento de las mejoras producidas, en
comparación con el precipicio del 2002,
no debe olvidar la exigencia de políticas
activas y reformas que suelen ser conflictivas
e incómodas para el gobernante.
La economía suele discutirse con tono
grave y pretensión de racionalidad; la
cuestión social, con superficialidad
prejuiciosa y sesgo emocional.
Esto último favorece la invisibilidad
de no pocos problemas de fondo. Por ejemplo,
que parte del gasto
social del Estado argentino es regresivo y aporta
a la desigualdad.
Para citar unos pocos casos: universidades inaccesibles
para sectores que las sostienen con sus impuestos;
obras sociales subsidiadas por hospitales públicos
que atienden gratis a sus afiliados; trabajadores
sin derecho jubilatorio cuyos impuestos financian
a los ya jubilados; asignaciones familiares
que, vía precios, pagan también
la mayoría de las familias, que no tienen
derecho a recibirlas; inversiones en transporte
e infraestructura con mayor beneficio a sectores
medios y altos. En fin, fenómenos
estructurales y silenciosos que explican
en parte las tres calamidades que resumen el
problema distributivo:
el desempleo, la pobreza y la desigualdad.
En nuestra historia llena de altibajos, aquéllas
suelen interpretarse como resultado de las reiteradas
crisis económico-institucionales, cosa
que creo es sólo parcialmente cierta.
Casi todo empeora
en la crisis y mejora luego.
Los indicadores enloquecen y pronostican un
apocalipsis que no llega. Pero lo que sí
queda, en la experiencia argentina de más
de treinta años, es el deterioro
de la calidad y dignidad de la vida de cada
vez más habitantes
de nuestro país.
Esas tres calamidades están fuertemente
vinculadas, pero sin paralelismo. Hoy, recordemos,
todas mejoran respecto
al precipicio del 2002,
pero dejan pisos más altos de precariedad
laboral y pobreza y, sobre todo, la extrema
desigualdad del ingreso muestra su obstinada
rigidez.
Es que tanto el empleo como la pobreza son sensibles
al crecimiento económico, en tanto la
desigualdad casi no lo es. Y es por ello que,
como señalara ya Rousseau: "Porque
la fuerza de las cosas tiende siempre a destruir
la igualdad, la fuerza de la legislación
debe siempre tender a mantenerla".
Y eso es lo que no estamos haciendo.
Paes de Barros, economista brasileño,
en una conferencia en Mendoza hace dos años,
explicaba que para lograr en su país
una reducción de la pobreza equivalente
a la que se alcanzaría con una mejoría
del 5% en la equidad distributiva, se requiere
un aumento del 50%
en el crecimiento.
No hay razón para creer que nuestro caso
sea muy diferente.
Contrariamente, nuestro gobierno muestra una
ciega confianza en la bonanza de las commodities,
que nos ayuda mucho a superar lo peor de la
crisis pero no alcanza
para un futuro sustentable.
Integrantes del gabinete sostienen que, como
casi todo anda mejor (comparado con 2002, claro),
volveremos pronto a los buenos tiempos del pleno
empleo formal con protección social,
y que la recuperación salarial será
el principal atenuador de la desigualdad vigente.
Esta línea
de autoengaño
tiene la comodidad de soslayar un asunto tan
clave como enojoso: contrariamente al empleo
y la pobreza, que mejoran al ritmo del PBI,
la desigualdad exige
políticas activas
sobre resortes muchas veces poco evidentes y
conflictivos, incómodos para el gobernante.
¿Pero quién, sino la política,
puede mediar en los dilemas cruciales? Aun más,
en un medio donde todo interés se corporativiza
rápidamente opacando al bien común.
También puede no hacerlo, y será
su fracaso, aunque gane elecciones. De lo que
se trata es de
políticas concretas, tras las que se
alinean los intereses y las controversias,
y respecto a las cuales se miden los resultados.
No será ocioso que acordemos una
agenda para la equidad
con temas como estos, que sirven de ejemplo:
las prioridades
en la distribución de recursos educativos;
una seguridad social que universalice sus beneficios,
incluidos los de salud, en base a derechos de
ciudadanía; un modelo sindical ampliado
y democratizado; eliminación de subsidios
regresivos a empresas y sindicatos, que pagan
todos los que no se benefician; prioridades
sociales en inversión pública
para servicios e infraestructura (¿tren
bala o red ferroviaria colectiva?); reforma
impositiva con mayor progresividad y que incluya
a las colocaciones financieras.
La agenda completa es mucho más que el
nuevo "contrato moral" que algunos
proponen, aunque lo tenga de cimiento. Es reescribir
varios capítulos maltrechos del contrato
social que nos une.
Los actuales niveles de desigualdad condicionan
hacia adelante la convivencia, el éxito
de la economía y la misma democracia.
Enhorabuena si el gobierno hace suya la agenda.
Con ella construiría la única
transversalidad genuina.
Pero, en todo caso, debe ser, desde ya, la auténtica
bandera diferenciadora de la oposición
progresista, más allá de lo que
aconsejen las encuestas. La buena política
atiende a la opinión pública,
pero no se esclaviza a ella. Sabe perder, si
toca, pero también convencer y ganar.
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