| Las imprudentes
declaraciones del Premio Nobel James Watson,
acerca del origen genético de las diferencias
en los índices de cociente intelectual
entre razas son, sin embargo, una oportunidad
para reflexionar acerca de la relación
entre pobreza prolongada y educación.
Seguramente el Dr. Watson ha caído presa
de uno de los vicios del mundo intelectual,
cual es el de universalizar su microcosmos de
investigación, cerrándose a la
riqueza de la diversidad y la multicausalidad
de los fenómenos sociales. Y, ello ha
llevado al Dr. Watson a confundir los problemas
que generan la acumulación de carencias
a lo largo de generaciones, con problemas de
origen genético. Frente a esto, hay dos
propuestas igualmente irreales. O rendirse frente
a lo irreversible. O la mas cómoda de
sentarnos a esperar que se descubra el “gen
de la inteligencia”, con lo cual la suerte
de millones de personas podría cambiar
de un día para otro. Pero, lamentablemente,
la cuestión es mucho mas compleja, y
tiene que ver con la manera como las capacidades
de comprensión e interacción que
permiten a las personas imaginar y construir
un proyecto digno de vida se deterioran con
el paso del tiempo, en un proceso en el que
se entrelazan múltiples causas de las
que resulta difícil salir en una generación.
Veamos alguna evidencia reciente sobre la relación
entre educación y pobreza prolongada.
En “Freakanomics”, un libro imperdible,
sus autores cuentan que hace unos 15 años
el Estado de Nevada decidió construir
varias escuelas secundarias modelo para brindar
la mejor educación imaginable a sus alumnos.
La cuestión era entonces decidir quienes
tendrían la enorme ventaja de ingresar
a esas escuelas. La solución fue absolutamente
equitativa: un sorteo, con lo cual pudieron
acceder a la educación privilegiada,
alumnos de escuelas pobres y ricas. El supuesto
era que la excelencia de los métodos
permitiría igualar diferencias Sin embargo,
el resultado, luego de varios años, fue
que en un altísimo porcentaje, los alumnos
repitieron las condiciones con las que llegaron:
a los pobres les fue peor que a los no pobres.
Las razones eran dos: la mejor escuela secundaria
no puede revertir las carencias acumuladas en
las etapas anteriores de la vida, ni puede cambiar
desde afuera lo que sucede en el hogar pobre
y en su entorno. La pobreza en los primeros
años -expresada en nutrición,
afecto y estímulo- actúa como
un fuerte condicionante para la vida posterior.
Similares conclusiones muestra un estudio realizado
a lo largo de 20 años por investigadores
del London School of Economics, afirman que
“.....las cifras de el Reino Unido demuestran
que las desventajas en los años de niñez
tienen efectos directos en la vida adulta y
muchas veces los efectos negativos se esparcen
hacia la próxima generación Tener
padres con bajo ingreso durante los años
del crecimiento es una fuerte desventaja en
términos de éxito en el mercado
de trabajo y puede contribuir de manera relevante
a factores como el desempleo adulto y la participación
en el delito” (1).
Miranda, Otero y Zelarayan (2),
investigadores argentinos demostraron recientemente
que un joven cuyo padre tiene solo educación
primaria, trabajo inestable y vive en condiciones
habitacionales y de entorno precarias, tiene
solo un 20% de probabilidades de lograr un diploma
secundario, mientras que con la sola reversión
de una de esas restricciones, la probabilidad
aumenta al 75%. Y si ninguna de las 3 condiciones
negativas esta presente, la probabilidad de
lograr un diploma secundario es del 93%.
Estos jóvenes indigentes que no pueden
conseguir diploma secundario estarán
condenados a trabajar (o “changuear”)
en una microempresa, a cambiar de trabajo permanentemente
y a ganar menos de la mitad de lo que gana alguien
con mejores calificaciones en el mismo tipo
de trabajo.
Toda esta evidencia coincide en una conclusión:
la enorme dificultad que existe para salir de
la pobreza, cuando se es pobre durante mucho
tiempo. Sin las capacidades básicas para
integrarse al mercado de trabajo en condiciones
de estabilidad, la pobreza se convierte en un
proceso circular que se autoalimenta. El hogar
se vuelve vulnerable a cualquier evento demográfico
o de ingresos, con abandono temprano de la escuela,
embarazos adolescentes y falta de cobertura
en la ancianidad, para prolongar el ciclo de
pobreza, hasta convertirla en crónica.
Según el SIEMPRO, institución
que depende del MDS, si una persona ha permanecido
en pobreza durante dos años, tiene un
70% de probabilidades de seguir apareciendo
como pobre en las siguientes mediciones.
Y todas estas evidencias están muy lejos
de las etiquetas deterministas. Ni genética,
ni dejadez, ni vagancia. Situaciones extremadamente
complejas, en las que se combinan desde las
carencias históricas, hasta las crisis
económicas, pasando por las dificultades
para adaptarse a las nuevas condiciones de competencia,
pero en síntesis la acumulación
de problemas para poder aprovechar las posibilidades
de incorporar capacidades, cuando estas existen.
La pobreza persistente es un enorme desafío
para toda la sociedad, entre otras razones porque
para superarla se necesita reconocer el problema,
tomar un compromiso común, asignar recursos
durante mucho tiempo, y desarrollar una estrategia
compleja, en la que se ataquen los varios condicionantes
en conjunto.
No se resuelve solo con una transferencia de
dinero, aunque es necesaria para dar una base
económica a la vida cotidiana. Pero además,
se requiere un intenso proceso de apoyo educativo
integral desde la niñez, resolver las
cuestiones mas críticas del entorno urbano,
dar acceso a los servicios básicos de
salud y asegurar que exista un sector productivo
que incorpore a las personas de menor productividad
y lo haga en condiciones de trabajo decente.
De otro modo, quedaran presos de un trabajo
de “pobres para pobres” que los
mantendrá en la exclusión.
En la Argentina, hay 4 millones de personas
en pobreza crónica, por razones que no
tienen nada que ver con el análisis genetista
del Dr. Watson.
Notas
(1). Ver en
particular el seminario conducido por John Hills
en CASE-1998-
(2).
Trabajo presentado en el Congreso de la Asociación
de Estudios del Trabajo, ASET, en 2005.
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