| En una nota de
esta misma página, el 5 de mayo, Mariano
Grondona sostenía que en el "trilema"
desempleo, pobreza y desigualdad, el desafío
mayor por enfrentar era la pobreza, porque el
desempleo mejora más fácil con
el crecimiento, y la desigualdad era incluso
necesaria para que los ricos inviertan. Su opinión,
bien expuesta como siempre, me estimuló
alguna reflexión que, sin intención
polémica, quiero compartir con el lector.
Circulan por el mundo dos visiones de la equidad,
que se apoyan en razonadas concepciones filosóficas
de la justicia: la que ve el acceso a los beneficios
del progreso como premio al mérito y
a la dedicación de cada uno, y la que
lo mira como resultado de una redistribución
en la que quienes prosperan más ayudan
a elear la situación de los que tienen
peor fortuna. Pero como en la realidad social
los exitosos y los fracasados dependen de una
constelación de factores, que sólo
en parte incluyen sus propias potencialidades,
una visión ecléctica de la equidad
es recomendable para evitar los extremos conocidos
de un capitalismo caníbal o un comunismo
paralizante.
Integrar ambas visiones de la equidad nos lleva
a definir el grado de desigualdad que nuestra
sociedad está dispuesta a tolerar. Y
no es decisión menor. La Argentina es
un buen ejemplo de que el mero crecimiento económico
baja el desempleo y la pobreza, pero no la desigualdad
y que incluso puede acentuarla, como sucede
hoy. Deberíamos saber que a la desigualdad
sólo la disminuye la política.
Y digo que no es decisión menor porque
la desigualdad, aún en contextos prósperos,
opera socialmente mucho más allá
de los planos que dibujan los números
de la economía. Su asociación
con la pobreza no es paralelismo. Hay experiencia
internacional de que la violecia y el delito
se asocian mucho más con desigualdad
que con pobreza; de que las drogadicciones la
acompañan; de que incrementa no poca
patología mental, de que los contrastes
sociales demasiado violentos -aún sin
pobreza-- generan conciencia difundida de frustración
y apatía de participación, en
sociedades sobreestimuladas por un consumismo
radicalmente asimétrico; que esa desigualdad
actúa como un fuerte desestabilizador
de las estructuras familiares; en fin, que construye
anomia social.
Adherir a un simplismo economicista en el análisis
de la cuestión social nos llevaría,
entre otras cosas, a compartir la llamativa
benevolencia que no pocos integrantes de la
ortodoxia liberal muestran hoy con el ejemplo
de China, deslumbrados por su expansión
espectacular, y soslayando la profundización
de las desigualdades y la permanencia de su
régimen político absolutista.
Y, en términos latinoamericanos, sostengamos
entonces que la alternativa a Chile no es Venezuela
-un capitalismo exitoso con buen cecimiento,
baja del desempleo y la pobreza y un mantenimiento
de fuerte desigualdad, v. un populismo paternalista
que no resuelve ninguna de las cuatro cosas-,
sino la etapa de mejor distribucionismo en la
que seguramente intentará entrar ahora
Chile, sin matar incentivos al crecimiento;
o las décadas en que un país pobre
como Costa Rica pudo alcanzar niveles satisfactorios
de bienestar básico, con indicadores
sociales mejores que los de la Argentina -que
la duplicaba en ingreso per cápita- y
con mucho menor disparidad entre estratos sociales;
o la fuerte inversión social que acompañó
en varios "tigres" del sudeste asiático
al boom económico, atemperando desigualdades,
no sólo la pobreza; o los nórdicos
europeos, que no quisieron recorrer el camino
inglés del siglo XIX, y supieron equilibrar
un capitalismo eficiente con objetivos de mayor
igualdad, propios del socialismo.
En la Argentina, el 10% más aventajado
de su población tiene un ingreso que,
en promedio, supera 31 veces al del 10% másdesfavorecido,
cuando hace 30 años lo superaba sólo
7 veces. Y el 20% que está mejor concentra
el 54% del ingreso nacional, en tanto el 20%
que esta peor no llega al 4%. Aunque el Gobierno
se enoje con el mensajero, que es el Indec,
tales noticias auguran costos elevados de frustración
a mediano plazo, con fractura social, economía
ineficiente e inviabilidad democrática.
Claro que se puede crecer por un período
con gran iniquidad, pero a ese pecado lo espera
su infierno. Y no es cierto que una mayor desigualdad
es requisito del crecimiento económico:
contrariamente, es su patología. Como
tampoco es cierto que el mercado perfecto arbitra
la justicia, en parte porque tal animal no existe
-es naturalmente imperfecto-, y principalmente
porque a la justicia sólo la puede arbitrar
la voluntad social.
Si no adherimos a aquello de Nietzsche de que
"El primer principio de nuestro amor a
los hombres es que los débiles y los
fracasados han de perecer y que además
se les ha de ayudar a que perezcan", cae
entonces trabajar sobre las condiciones que
los debilitan y los hacen fracasar, desde que
no creemos en ninguna fatalidad de genética
social.
Por otra parte, ¿cómo definimos
el éxito de una sociedad?: ¿quizá
con la mayor profusión de barrios exclusivos,
o la diversidad abusiva y agresiva en las góndolas
de los supermercados y en los shoppings, o con
tres autos por familia para muchos, cuando muchos
más viajan a pie o hacinados, o con profundas
diferencias en las calidades educativas de los
chicos, graduada por la capacidad de pago de
sus padres?
Por el contrario, hay que volver a mirar a la
sociedad con la mejor mirada de los griegos
clásicos, desde un principio de equilibrio
y armonía. Es un desafío de cuotas:
¿cuánto de desigualdad para que
las oportunidades no se concentren en los menos,
para que no se expanda el resentimiento que
envenena el aire de todos, pero también
para que no se anule el incentivo a arriesgar
y competir con trabajo e inversión?
Y aquel principio de equilibio y armonía
se aplica a una batería de políticas
públicas que entiende que al "trilema"
desempleo, pobreza y desigualdad se lo aborda
en conjunto y con mucho más que puro
crecimiento. Porque la sola riqueza no es garantía
de cohesión social, ni la pobreza la
disuelve necesariamente. Pero es seguro que
desigualdades que superan ciertos límites
lo que engendran es un orden en el que, en el
jardín de la prosperidad, en reemplazo
de la cohesión ausente, sólo germinan
los odios y los miedos.
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