| Habría
que superar una concepción limitada y
asistencialista de la política social
abordando la cuestión distributiva y
el problema del trabajo informal. Crecer y crear
empleos no es suficiente para construir una
sociedad más justa.
La moda siempre se apoya en aparatos teóricos
bien articulados, y también responde,
explicita o implícitamente, a una ideología,
en cuanto ella es una manera de concebir la
sociedad. Además, las modas coexisten,
no siempre son secuenciales, y algunas ostentan
larga vitalidad y respaldo.
Como producto natural de cada moda se
desprende la política social.
Y esta se expresa en la pauta distributiva,
que avanza a la par de la otra pata de la economía,
la política productiva. La primera tiene
como instrumentos a los criterios de retribución
a los factores de la producción, a la
recaudación de recursos por parte del
estado y a la estructura del gasto público
social.
Una moda fuerte en los años 80 y 90 fue
la idea de que este gasto social constituía
el canal privilegiado de redistribución
del ingreso y beneficios,
y que no había que manipular los impuestos
porque desalentaba la voluntad de los ricos
en invertir. De allí sigue la preocupación
por maximizar la eficacia del gasto social focalizándolo
en los más pobres, y también la
discrecionalidad
que nutre a todos los pelajes del clientelismo.
Uno de los errores de esta moda se evidencia
en el comportamiento de los inversores. La experiencia
muestra que, más que el horror a los
impuestos, los ahuyenta la falta de garantía
jurídica, la discontinuidad de las políticas
y la existencia de mercados inestables. Algo
para reflexionar observando la inversión
baja con crecimiento alto de los últimos
años.
Otro error es la incomprensión de que
tener una política para pobres y otra
para los demás profundiza y cristaliza
la desigualdad, y
deshilacha los lazos para una mayor cohesión
social.
Pero hay otras modas. Como la convicción
del actual gobierno de que el crecimiento recompondrá
íntegramente nuestro destartalado mercado
de trabajo asalariado tradicional,
a través del cual se derramará
el grueso de la protección social. Gobierno
autista de un país periférico,
ignora los cambios que la modernidad ha impuesto
en los sistemas productivos, los vínculos
entre países, y en la entraña
del trabajo humano.
Una consecuencia de tales cambios es la
expansión del empleo informal,
que más allá de su agravamiento
en las crisis y su mejoría posterior,
tiende a mostrarse como un componente estructural
del mercado de trabajo. A lo que se agrega,
en la experiencia argentina, la mala noticia
de que la pobreza se encuentra más asociada
a la informalidad que al desempleo.
Tal evolución delimita en el margen grupos
de seres humanos con alta frustración
de vida y de difícil recuperación,
porque su problema excede largamente la sola
insuficiencia de ingreso. De lo dicho se deducen
algunas consideraciones que merecen énfasis:
Entendido que no existen proyectos económicos
o sociales puros, sino que se relacionan dialécticamente,
se comprende la necesidad de políticas
integradas. Redistribución
es mucho más que ingreso monetario.
Entonces, aparecen dilemas como ¿inversión
en caminos o en ferrocarriles? Cierto,
se necesita todo, pero ¿cuánto
de cada uno? O infraestructura
urbana para barrios de jugoso negocio inmobiliario
vs. donde viven los muchos sin voz. O promoción
del empleo en las pymes vs. subsidio a las empresas
amigas del poder.
Además, ciertos
beneficios (son derechos) deben ser iguales
para pobres, ricos e intermedios,
estén en la economía formal o
informal: acceso y calidad del servicio educativo
y de salud, prestaciones económicas básicas
de la seguridad social (asignación familiar,
jubilación, desempleo, discapacidad).
Sino, ¿qué quiere decir cohesión
social, además de cantar el himno juntos?
Y lo que también quiere decir es que
cada quien paga sus impuestos con mayor relación
con lo que gana, o con sus gustos suntuarios.
Quedará un resto de políticas
ahora sí focalizadas, para situaciones
especiales que no pueden ser resueltas con una
estrategia universalista. La realidad o ficción
del progresismo ya no la dan los
rótulos ideológicos o partidarios
históricos,
sino la transparencia de las propuestas.
|