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Nada más que retórica

 

 





















Con la venia de los politicólogos, voy a esquematizar demasiado en este artículo el agrupamiento de fuerzas políticas en "izquierda" y "derecha". Pero sirve a la claridad de las ideas que propongo discutir, sin agraviar seriamente la realidad llena de matices y contradicciones de la política concreta.

La izquierda y la derecha democráticas valoran de modo similar el sistema republicano de gobierno y la libertad. Otro cantar tienen los autoritarios de ambos extremos. De ellos no nos ocuparemos aquí. Y si esto se interpreta como desprecio, vale. Pero sí consignemos que la principal diferencia entre aquéllas radica en su valoración y conducta fente al problema de la igualdad.

La temeraria afirmación que sigue es que la derecha muestra una mayor coherencia que la evidenciada por la izquierda. Es que la derecha, salvo por su reconocimiento de la igualdad ante la ley, descree de la virtud social de una mayor igualdad y sobreestima el acicate a la iniciativa de las personas que puede representar, por el afán de superación, la presencia de desigualdades.

La izquierda se muestra confundida, en parte por nuestra historia política. No es fácil distinguir las buenas causas de la izquierda -como las describiría Bobbio, por ejemplo- de lo sostenido por el populismo, carátula dominante en el progresismo argentino a lo largo del tiempo. Menos fácil todavía es sostener, sin escándalo, que ciertas causas "populares", en el contexto en que se plantean, son regresivas, de impacto impopular y, en definitiva, reaccionarias.

La referencia a los contextos no es secundaria, sino central. Veamos. Entre nosotros, con un sistema político débil, la visiones e intereses de las corporaciones constituyen, al menos en los últimos 60 o 70 años, la sustancia de la discusión política. Empresariado, sindicatos, profesiones, Iglesia y, en el ejemplo extremo, las Fuerzas Armadas -que, por décadas, se arrogaron la representación del "ser nacional"- instalaron los temas de agenda, que los partidos políticos débilmente acompañaban o rechazaban. Y esto, claro, no es más que una deformación de un proceso participativo que se cumple en cualquier democracia.

En el caso de las "causas populares", una cosa era la agenda de los años 40, 50 y 60, con proteccionismo económico todavía viable y casi pleno empleo, y otra la que siguió, con cambios estructurales en muchos casos irreversibles. Pero la novedad no fue interpretada por la mayoría del progresismo. No por ignorancia: todos los días la prensa transmite información sobre las transformaciones en los sistemas productivos, en los intercambios comerciales, en los mercados de trabajo, en los comportamientos socials. Pero los viejos reflejos de la izquierda son recalcitrantes y bloquean la comprensión de las implicancias de los datos. Y así llegamos a una actualidad en la que, obnubilados por el crecimiento económico -que, por ahora, es recuperación de lo que se llevó la última crisis-, tenemos una CGT que sueña, quizá, con ubicarse en el espacio de poder político que ocupó años atrás y un Presidente que elige asignar recursos al costoso desplante inútil del pago al FMI antes que a reformas estructurales que achiquen la desigualdad vigente.

Muchos viven en el cómodo ensueño del regreso, mediante los viejos instrumentos, a algún momento idealizado del pasado. Y digo "cómodo" porque así se evitan, además, algunas de las perplejidades que nos impone una mirada más realista sobre la novedad de los tiempos.

O tal vez sea porque, como decía Ortega y Gasset, los políticos suelen ser más audaces que valientes.

Una mayor igualdad no es un desafío sólo para los argentinos: Chile, con un comportamiento económicomucho más serio, sostenido y exitoso que el nuestro, en 15 años de gobierno de izquierda no supo disminuir la desigualdad, aunque bajó a la mitad la pobreza.
Ellos lo saben: irónicamente, fue la principal acusación de la derecha en la campaña electoral, y el 90% de las medidas postuladas por Bachelet para sus primeros cien días de gobierno se inspira en la conciencia de esa responsabilidad.
Pero la peor dificultad es que no se trata meramente de la concentración del ingreso, el patrimonio y las oportunidades en un puñado de accionistas y directivos de grandes empresas y bancos nacionales y extranjeros, como el discurso facilista reitera. Es una concentración que beneficia a amplias tecnoburocracias de la empresa moderna, los trabajadores más calificados, sectores de empleados públicos y parte de los comerciantes y profesionales, como ejemplos más destacables. En otras palabras, que es notable la capacidad de los sectores medios altos y altos -no pocos millones de argentinos, por otra parte- e captar la crema del crecimiento económico, como sucede hoy en plena recuperación de la crisis. La sociedad que estamos consolidando es la del tercio incluido y los dos tercios en el margen o excluidos.

Y estos dos tercios pesan poco en los hechos y en las decisiones, aunque sean muy aludidos en el discurso progresista. Porque a la concentración económica y social la potencia una fuerte concentración de la atención política. Ella va sobre todo a los grupos con poder organizado, no pocos de ellos "populares". Para el resto, estrategias de domesticación que, además, sirven a la manipulación populista de derecha o de izquierda.
Sería arrogancia pretender apuntarle la agenda a una izquierda argentina reposicionada. Pero me atrevo a listar algunos asuntos que no podrían estar ausentes:
1) La inversión pública en infraestructura y los incentivos a la privada deben atender beneficios mayoritarios. Dicho con simplificación metafórica: Villa Lugano v. Puerto Madero y ferrocarriles v. autopisas.
2) Reforma impositiva que revierta la regresividad actual.
3) Reforma de la seguridad social que garantice ingreso básico universal a niños, mayores y desocupados, con independencia de condición laboral, incentive la educación y el trabajo y desmantele el asistencialismo.
4) Reforma del régimen de empleo que reconozca la nueva heterogeneidad del mercado de trabajo, única vía para superar la informalidad. La denostada flexibilización no la inventaron los neoliberales: sólo la aprovecharon.
5) Reforma del anquilosado régimen sindical, que lo democratice, amplíe su representación y recanalice recursos que hoy se gastan en mantener el viejo poder corporativo hacia los trabajadores. Sin esta reforma tampoco se logrará un seguro de salud universal e igualitario.
6) Impulso de la producción cooperativa y de las formas modernas de asociativismo.
7) Expansión de la educación básica pública y revisión del marco regulatorio de la privada.
8) Revisión de un feeralismo que muestra lo peor de la descentralización y no sus virtudes. Amplios acuerdos federales en los temas de la agenda.
En fin: que sin enfrentar asuntos como los aludidos seguiremos empeorando cada año el diagnóstico de la desigualdad, la apelación redistributiva de la izquierda será mera retórica electoral y el seudoprogresismo del gobierno actual, un disfraz más de los seculares conservadurismos populares argentinos.

Carta de Lectores
Miceli critica y se equivoca

La ministra Miceli criticó los datos del INDEC porque muestran que la distribución del ingreso sigue empeorando en la Argentina, a pesar del crecimiento. Dice que la encuesta no registra mucho de lo que el estado “ahora” hace por los pobres, como ingreso indirecto (Clarín, 10/02/06).

Esta muy equivocada. Claro que ninguna encuesta registra todo. Lo que vale es su continuidad, que permite comparabilidad entre momentos diferentes. No puede adaptarse a las conveniencias publicitarias de cada gestión. Menem también se irritó, y hasta tuvo esa debilidad el valorado antecesor de la ministra.

¿El método es malo para esto, pero bueno cuando nos muestra que bajaron la pobreza y el desempleo, en el mismo período, a pesar del disparate de contabilizar como “ocupados” a los beneficiarios de programas asistenciales?.

Tampoco es cierto que existan tan significativas diferencias entre el gasto social de los ´90 –cuando gobernaba también el partido de la ministra- y el actual. El principal incremento fue el programa de jefes de hogar que incorporó Duhalde, y su beneficio se registra como ingreso de las familias, o sea que no escapa a la encuesta.

No es bueno engañarse. El dato es que la desigualdad se profundiza a pesar de la recuperación. Si el gobierno encara políticas para revertir la tendencia, muchos lo apoyaremos. Pero no es buen comienzo tratar de convencernos de que la historia empezó con él.

 

por Aldo Neri

El autor fue ministro de Salud y Acción Social y diputado nacional por la Unión Cívica Radical.
Artículo y carta de lectores publicados en los diarios La Nación y Clarín respectivamente el día 16 de febrero del corriente.


CI: 4244757
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