| El mundo político
argentino tiene poco o nada que decir sobre
nuestros sindicatos. No figuran en la agenda
política ni de la izquierda ni de la
derecha. Más, el asunto suele omitirse
en el discurso público. Son, casi, como
atributos de la nacionalidad que no se discuten,
a la par de la pampa húmeda, Boca Juniors,
el dulce de leche o la virgencita de Luján.
Pero, como "la realidad es la única
verdad", los sindicatos son, para los argentinos,
tanto una necesidad como un problema.
Las relaciones entre la organización
sindical y la democracia son complejas. La democracia
requiere un delicado equilibrio de poderes,
no sólo entre los clásicos del
Estado republicano (Ejecutivo, Legislativo y
Judicial), sino también entre los que
ejercen las clases sociales, las corporaciones
y los partidos políticos. Tal equilibrio
es dinámico, inestable y nunca perfecto,
pero un desbalance excesivo en las cuotas de
poder que administran los actores resulta, tarde
o temprano, incompatible con una democracia
real, en cuanto ella significa amplia participación
en las decisiones políticas, en la producción
y en una distribución equitativa de sus
beneficios.
El modelo argentino de "sociedad de bienestar"
posterior a la Segunda Guerra Mundial consolidó
una organización sindical verticalista
y concentradora del poder interno, que se hizo
hegemónico y, a veces, dinástico.
La legislación sancionó y amparó
este modelo, cuya vigencia ya festeja hoy sus
sesenta años. Y la principal razón
por la cual no fue confrontado radica en su
funcionalidad para no pocos actores sociales
importantes: resultó socio -conflictivo
a veces, pero buen socio al fin- del empresariado
de mayor peso; ahogó las expresiones
extremistas que inquietaban a otros factores
de poder y al argentino medio; ofreció
siempre interlocución al gobernante civil
o militar, si aceptaba pagar caro su complacencia;
al trabajador le cumplió en defender
sus intereses, aunque lo hiciera con visión
limitada a su sector, y a veces en contra de
la conveniencia de los demás trabajadores;
al peronismo, uno de los dos partidos que gobernaron
la Nación, le sirvió de motor,
banco y refugio, según las épocas,
en tanto, al costado del camino, el radicalismo
lloraba su incompatibilidad y consecuente anemia
sindical.
Aunque carente de una visión global de
país -o quizá por eso-, fue muy
eficaz en la construcción del propio
baluarte: más allá de la función
estrictamente sindical, incorporó la
gestión de una porción crítica
de los servicios de salud, bloqueando, hasta
hoy, todo intento hacia un sistema más
universal e igualitario; cubre diferentes servicios
sociales y la administración de fondos
jubilatorios, además de otros seguros,
y el manejo empresario de ferrocarriles y de
la provisión de agua potable.
En definitiva, el modelo es coherente con un
país en el que las corporaciones -estelarmente
la militar y la sindical- ocuparon amplios espacios
sustituyendo a la iniciativa privada en algunos
casos, en otros a las áreas específicas
del Estado y, sobre todo, a los partidos políticos
y demás instituciones de la democracia.
Aún hoy, valga el ejemplo, una casual
denuncia cinematográfica lleva a tomar
decisiones sobre el control del tráfico
aéreo, cuya racionalidad era evidente
hace mucho tiempo. Evitamos conflictos y que
otro algún día los asuma. Lo que
ha realimentado, además, el descrédito
de la política como orientadora de transformaciones.
Pero las cosas se han complicado, finalmente,
porque el sindicato no cambió en más
de medio siglo, pero sí el mundo y el
país, y mucho. Revolución tecnológico-productiva,
inviabilidad de las autarquías económicas
nacionales, desarticulación de los mercados
de trabajo relativamente estables posteriores
a la Segunda Guerra, auge de las recetas neoliberales
cuya principal fuerza es la crítica a
la incapacidad renovadora del modelo de Estado
de bienestar, profundas y silenciosas transformaciones
en la estructura social, para citar algunos
datos relevantes de ese cambio.
Y enfatizo, ese cambio es general y vale para
economías reactivadas y prósperas
como la de Chile, o estancadas y en sucesivas
crisis como la nuestra. Nadie debería
fantasear con la vuelta de los viejos buenos
tiempos que conocimos. El desafío es
la construcción de nuevos buenos tiempos,
que requieren
instituciones también renovadas.
La fractura social argentina es casi insondablemente
profunda. En la, hasta hoy, imparable polarización,
el sindicato representa a los incluidos en la
economía formal. Y dentro de ellos, refleja,
además, la creciente categorización
de grupos laboralmente más calificados,
ganadores, y otros en apenas decorosa subsistencia
y resignación. Frente a esto, el polo
desdibujado, anónimo y no organizado
de los demás: desocupados, poco calificados,
precarizados, changarines, autónomos.
Muchas de las medidas que benefician a los primeros
suelen perjudicar aún más a los
segundos. El distanciamiento confronta clases
sociales populares y medias. De una u otra manera,
la desigualdad siempre se profundiza, aunque
disminuya la pobreza.
La CTA fue un intento bien inspirado de superar
la fractura y unificar la voz de los sectores
medios y humildes en una representación
sindical democratizada y abarcativa. Su propia
composición les puso techo rígido
a sus aspiraciones: gremios estatales sobreprotegidos
por las leyes, sin compromiso con la empresa
capitalista y con un discurso con tan fuerte
sesgo estatizante como conservador en sus propias
reivindicaciones. Con todo, fue y es la única
expresión promisoria en la monotonía
del mundo sindical.
Por la fuerza de las cosas, los políticos
suelen privilegiar la atención a los
más fuertes y organizados, antes que
a los dispersos, que no siempre tienen en claro
qué les conviene, salvo aspirar al estatus
de los otros. Así, el progresismo busca,
al menos, no tener a aquéllos de enemigos,
respetando su búnker. La derecha ya ha
aprendido a convivir, con ganancia. Y el Gobierno,
obsesionado por la gobernabilidad, pacta y consolida
el modelo vigente.
No lloremos o malinterpretemos los efectos,
si somos incapaces de remover las causas. En
el inventario de las reformas que le debemos
a nuestra democracia, la sindical ocupa lugar
principal, buscando transparencia en la conducción,
garantías para las minorías, e
incorporando la multiplicidad del trabajo autónomo,
los desocupados, las pequeñas cooperativas
de trabajadores y, junto con la empresa, el
desafio de la capacitación y de la mayor
productividad.
Aprovechando la experiencia, sin resentimientos
y respetando los avances sociales auténticos,
hay que trabajar para que el sindicato sea no
sólo el abogado de todos los trabajadores,
sino también quien ayude a revertir una
desigualdad social que, de no lograrse, hará
del discurso democrático una retórica
cínica.
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