| Si América
Latina fuera una persona, se le diagnosticaría
un trastorno bipolar. Acudiría a las
elecciones a votar, pero tendría serias
dudas sobre las promesas electorales. Recibiría
una educación primaria, pero sólo
trabajaría en la economía sumergida.
Se establecería como autónomo,
trabajaría mucho, pero no gozaría
de la seguridad de una pensión y sus
ingresos, muy limitadas, apenas llegarían
para cubrir sus gastos sanitarios y las necesidades
básicas de su familia. Los síntomas
de esta condición se manifiestan en las
tres paradojas principales que se observan en
esta región: hay más democracia,
pero una parte creciente de la población
cuestiona su capacidad de mejorar sus condiciones
de vida: hay crecimiento, pero la pobreza se
encuentra en sus niveles más altos desde
los 80; y aunque se han realizado reformas económicas,
los resultados distan mucho de ser los esperados.
Las consecuencias políticas, sociales
y económicas de los últimos 20
años de democratización y desarrollo
son dispares. América Latina lleva más
de dos décadas de gobierno democrático,
en las que ha vivido tiempos de crecimiento
y de grandes mejoras en terrenos importantes
como la sanidad y la educación. Sin embargo,
los niveles de desigualdad, pobreza y desempleo
permanecen elevados, suscitando preguntas de
importancia vital sobre la relación entre
democracia, desarrollo y política. El
juego entre estos tres polos dibuja el perfil
de una región frágil pero obstinada,
cuyo futuro dependerá de su compromiso
y su capacidad de resolver sus paradojas y lograr
que la democracia y el desarrollo funcionen
para todos.
Estos desequilibrios inspiran el análisis,
el debate y los esfuerzos hacia el cambio en
la región. Entre ellos está el
informe: La democracia
en América Latina: Hacia una democracia
de los Ciudadanos,
del Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD), que se sirve de una compleja
base de datos sobre las democracias latinoamericanas
para explicar los retos a la sostenibilidad
y para ofrecer elementos que ayuden a comprender
de qué manera pueden superarse. Casi
toda la región goza hoy del sufragio
universal y de unas elecciones casi siempre
libres, ecuánimes y competitivas, la
sociedad civil es vibrante y cada vez más
activa; la prensa va ganando mayores cotas de
libertad, y los partidos opositores organizan
campañas efectivas y salen victoriosos
en los comicios. Pese a estos avances, el informe
pone de relieve un sentimiento creciente de
desengaño entre los ciudadanos. Una proporción
elevada de la población cree que la democratización
ha hecho muy poco por ellos, y muchos se muestran
escépticos respecto a la capacidad de
sus gobiernos. En algunos casos el descontento
popular se ha transformado en inestabilidad
política y social. Un motivo de estas
dudas es la baja estima en la que en muchos
países se tiene a las principales instituciones
democráticas como, los parlamentos, los
jueces, los partidos políticos y la clase
política en su conjunto. Con todo, aunque
el informe del PNUD señala que grandes
segmentos de la población se muestran
muy insatisfechos con el estado de la democracia
-a pesar de que se prefiere el sistema democrático
por principio-, deja claro que buena parte del
malestar puede atribuirse a las condiciones
económicas.
La primera paradoja, por tanto, está
relacionada de forma ineludible a la segunda.
La pobreza es uno de los problemas más
enquistados de América Latina; desde
los 80 -cuando muchos países volvieron
a la democracia el número absoluto de
personas que viven en la pobreza y en la extrema
pobreza casi se ha duplicada. La edición
de 2005 de Panorama
Social de América Latina,
de la Comisión Económica para
América Latina y el Caribe (CEPAL), estima
que durante el crecimiento económico
más fuerte experimentado en los años
2003 y 2004, los niveles de pobreza y de pobreza
extrema bajaron desde el 44% en el 2002 hasta
el 40,6% y del 19.4% al 16,8% de la población,
respectivamente, un avance significativo pero
acotado. El crecimiento económico se
halla disminuido en su capacidad de combatir
la pobreza. Las desigualdades son el motivo
básico de este reto: cada vez que la
región crece, se ve obligada a hacerlo
más que antes para poder lograr reducciones
similares en el nivel de pobreza. La persistencia
de las desigualdades, entendida como un obstáculo
principal al desarrollo en términos de
oportunidades y resultados, ha incidido especialmente
en las mujeres, las minorías étnicas,
la población rural y otros colectivos
que han visto mermada su capacidad de adaptarse
a un entorno económico y político
en plena evolución. Las redes de la seguridad
social a menudo no han funcionado para estos
grupos. Además, en las últimas
décadas la clase media se ha sentido
cada vez más excluida de los beneficios
del crecimiento, y una proporción más
alta se ha vuelto más vulnerable ante
la apertura de la economía a los mercados
mundiales y menos amparada por el ciclo económico.
Para los Objetivos de Desarrollo del Milenio
(ODM) de la ONU, una de las metas principales
es reducir el nivel de pobreza hasta la mitad
para 2015. Aunque América Latina ha avanzado
mucho en el camino hacia algunos ODM, el retraso
en la consecución de otros ha distorsionado
el conjunto de los resultados. Desde el comienzo
de la última década, América
Latina ha progresado mucho en objetivos como
la reducción de carencias en la nutrición
infantil, el aumento del índice de escolarización,
la garantía de igualdad de oportunidades
en la educación, la mejora del acceso
al agua potable, y la reducción del hambre.
Sin embargo, la región progresa lentamente
en la reducción del fracaso escolar en
la enseñanza primaria, la reducción
de la mortandad en el parto, el control de la
propagación del sida, la promoción
de la sostenibilidad medioambiental y la mejora
de la sanidad básica.
La relación entre las políticas
y estos retos sociales forma el núcleo
de la tercera paradoja: las reformas no han
arrojado los resultados previstos. La década
de los 90 fine testigo de hondas reformas macroeconómicas
y estructurales en América Latina y en
el Caribe, a medida que las tendencias intelectuales
y las exigencias políticas fueron cuajando
en torno a un conjunto de principios para la
reestructuración de las economías.
El Consenso de Washington, como llegó
a denominarse este conjunto de principios, se
extendió rápidamente por la región,
y con una fuerza notable. Las reformas macroeconómicas
-déficit fiscal, control, reforma de
políticas monetarias-- ayudaron a frenar
la inflación y atraer a los inversores.
Sin embargo, no lograron producir ni la calidad
ni el tipo de crecimiento deseado. Al contrario,
el crecimiento de América Latina ha sido
tan mediocre como volátil. Además,
no ha sido capaz de generar ni la cantidad ni
la calidad de empleo que la región necesita.
Aunque las tasas de paro han ido disminuyendo
desde 2003, siguen siendo más altas que
en 1990. Y una proporción creciente del
desempleo, el 47% --un 4% más desde 1990--
se encuentra en la economía sumergida,
donde la estabilidad laboral es baja y donde
los sueldos caen, exagerando aún más
la polarización salarial.
La política desatendió áreas
como el desarrollo institucional y rural, la
colaboración entre entidades públicas
y privadas para encontrar nuevas bolsas de productividad,
el apoyo a las pymes y los programas de bienestar
social para mitigar los efectos negativos de
la integración en la economía
global. La fe en el mercado llegó a sustituir
a la confianza en las decisiones de Estado y
en las personas que elegían a sus líderes;
los paquetes "de talla única"
llegaron a prevalecer sobre la actualización
autónoma, todo ello, irónicamente,
durante un período en el que las jóvenes
democracias de la región empezaban a
dar señales de ir fortaleciéndose.
Para poder resolver las paradojas de América
Latina será preciso superar la dicotomía
EstadoMercado; y será necesaria una nueva
relación entre el Estada y la sociedad.
Tras años de reformas, la región
debe continuar construyendo y fortaleciendo
sus instituciones, incluido un Estado robusto,
plenamente capaz de llevar adelante sus políticas
democráticas.
Hoy, como parecen poner de relieve los resultados
electorales, muchos países latinoamericanos
se esfuerzan por resolver estas paradojas con
métodos distintos a los del pasado.
Hará falta abordar el desarrollo de una
manera innovadora y habrá que recurrir
a políticas y reformas específicas
según la experiencia de cada país-
para ello también hará falta canalizar
el exceso de fe en el mercado y la privatización
hacia otras opciones, aplicando las lecciones
aprendidas en el pasado. De la misma manera,
será necesario apostar por alternativas
de políticas responsables surgidas de
procesos democráticos. Si resulta posible
transformar la lucha contra las desigualdades
en un valor ético compartido por los
ciudadanos de América Latina, esa lucha
desempeñará un papel central en
las agendas políticas, sociales y económicas
de la región.
Trabajar en todos estos frentes ayudará
a convertir las democracias electorales en unas
más amplias democracias del ciudadano.
La región debe seguir invirtiendo en
sus gentes para potenciar sus capacidades y
proporcionarles igualdad de oportunidades. El
desarrollo en América Latina ha de abarcarlo
todo y debe reflejar los principios de la universalidad,
la solidaridad, la eficacia y la inclusión.
Esperamos que, así, los ciudadanos vayan
a votar convencidos de la capacidad de sus instituciones
democráticas para lograr resultados y
mejoren sus condiciones de vida. De esta manera,
empezarán a erosionarse las paradojas
de América Latina, y se logrará
el equilibrio en unas sociedades marcadas por
la polaridad.
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