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La mujer
se insertó temprano en el mundo del trabajo
y, gracias a algunas precursoras, conoció
derechos que aún hoy falta expandir.
En la lejana Buenos Aires de 1904, Gabriela
de Laperriere de Coni, en su carácter
de inspectora ad-honorem de talleres y fábricas,
presentaba un informe de una serie de cuatro
al Intendente de la Ciudad de Buenos Aires,
sobre las condiciones
de trabajo de niños y mujeres en establecimientos
industriales, entre
ellos, las fábricas de bolsas de arpillera.
Decía su autora: "Mucho me ha preocupado,
señor Intendente, este gremio de trabajadoras.
Esta industria es perjudicial a la salud por
la cantidad de peluza (sic) que desprende la
arpillera en sus diversas manipulaciones; esa
peluza, en extremo difusible, cubre por completo
el vestido de las obreras, a tal punto que se
tapan la cabeza con un pañuelo para no
ensuciarse el cabello. Sobre algunas, vestidas
de luto, he podido comprobar la cantidad enorme
de filamentos que cubrían sus ropas".
Sensible observadora de la vida obrera, a estos
problemas del ambiente de trabajo, agregaba
la existencia de
tinglados de chapa,
calientes en verano y gélidos en invierno;
el uso de poleas
y correajes sin protección;
la presencia de menores
de ambos sexos atendiendo las máquinas;
los horarios
prolongados; la obligatoriedad
de limpiar los talleres;
las enfermedades
relacionadas con
el procesamiento de diverso tipo de insumos;
las deformaciones originadas por posiciones
forzadas por la atención de las máquinas.
En su descripción positivista, obviamente,
Gabriela L. de Coni hablaba de la pelusa y pensaba
en la tuberculosis. Ciento tres años
más tarde, estas
descripciones son cercanas
a las que la opinión pública conoció
cuando, un par de meses atrás, el
incendio de un taller textil clandestino puso
en evidencia similares injusticias con los trabajadores
—en este caso bolivianos— que trabajaban
y vivían en dichos talleres.
No era la de ella la única voz denunciadora
de la época. Para recordarla, junto con
otras muchas otras mujeres que dejaron como
herencia solamente una
conciencia de lucha,
una reverberación femenina en la lucha
de la clase trabajadora, una práctica
de resistencia a la explotación y una
muy pequeña memoria, el día 9
de mayo se inauguró, en el edificio central
del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social
de la Nación, una instalación
fotográfica en la que diversas fotos
de archivo recuperan la historia
del trabajo de las mujeres y su lucha,
avant la lettre, por ese trabajo en condiciones
de dignidad que hoy llamamos trabajo decente.
Quien pase por la puerta verá unas megafotos
que recuerdan la
temprana inserción femenina en los diversos
tipos de trabajo de la fase del desarrollo industrial
sustitutivo y de procesamiento de productos
primarios como a agroindustrias.
Aunque parezca paradójico, en un país
con una conciencia social tan acendrada como
en el nuestro, es la primera vez que el Ministerio
de Trabajo reconoce de manera pública
la contribución del trabajo femenino
a la formación de la riqueza nacional,
a la clase trabajadora "en femenino"
y a la construcción de la ciudadanía
desde el mundo del trabajo. Después de
todo, el listado de feriados del Ministerio
del Interior todavía nombra al 1ø
de Mayo como Día del Trabajador.
Gabriela L. de Coni —que así se
llamaba la francesa casada con el famoso higienista
Emilio Coni y que no tiene una calle ni siquiera
en Puerto Madero, zona de mujeres— fue
traductora del español al francés,
feminista a la manera de la época, integrante
del comité Ejecutivo del Partido Socialista.
Combinó sus alegatos con otras obras
de difusión dirigidas a llamar la atención
sobre "la cuestión social"
para mejorar
las condiciones de la vida obrera.
Mensaje que, en lenguaje contemporáneo
es el de los Objetivos de Desarrollo del Milenio,
suscriptos por la comunidad internacional en
el año 2000 y a los que Argentina incorporó
para el país el del trabajo "decente",
entendiendo como decente
el que implica trabajo productivo con remuneración
justa, seguridad en el lugar de trabajo y protección
social para las familias
en un marco de desarrollo personal y de integración
social.
El reconocimiento a las luchadoras, dirán
los escépticos, no cambia la historia
actual de discriminación salarial, segregación
ocupacional, acoso sexual. Es condición
necesaria aunque no suficiente y ayuda a crear
conciencia y retroalimentar el proceso de avances
normativos como la ley de cuotas en los sindicatos,
la reciente media sanción de la ley contra
el acoso sexual y,
en general, las políticas
de discriminación positiva
que alentadas por el cambio cultural también
lo profundizan.
A diferencia de lo que pensaba Gabriela Coni,
sabemos hoy que estos objetivos no se alcanzan
con reformas parciales solamente en el lugar
de trabajo y que, en el caso de mujeres y niños,
requieren de una
reformulación de la división sexual
del trabajo y, especialmente,
de las responsabilidades
domésticas atribuidas a las mujeres,
del desarrollo de sistemas colectivos, de políticas
sociales, dirigidas a compatibilizar el desempeño
del rol del/la trabajador/a con los de la paternidad/maternidad.
Como desgraciadamente nos lo recuerda el incendio
del taller textil en el que entre otros, murieron
niños, las luchas por la dignidad del
trabajo se inscriben en el contexto más
amplio de las luchas por la justicia social.
Así lo entendieron sus sucesoras como
Fenia Chertkoff, Carolina Muzzili, Lucila de
Gregorio Lavie, Haydee Longoni, Blanca Stábile
de Machinandiarena, y así lo entienden
los millones de mujeres que día a día
pelean por la defensa de su trabajo en las posiciones
menos jerarquizadas del mercado. Y las otras,
las privilegiadas en posiciones jerarquizadas,
en ocupaciones del mundo de los negocios, la
ciencia y la tecnología cuya batalla
está dirigida a neutralizar los rasgos
machistas y discriminatorios de esos otros espacios.
Que el Ministerio de Trabajo haya acogido con
entusiasmo esta iniciativa generada entre sus
equipos y el Fondo de Población de Naciones
Unidas, sin embargo, da esperanzas sobre el
hecho de que se puede avanzar en esta dirección.
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