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Se están desarrollando
acciones para aumentar el compromiso social
frente a una violencia que no es privada, sino
delictiva.
El 25 de noviembre, Día Internacional
de la Eliminación de la Violencia contra
la Mujer, es una de esas fechas que nos gustaría
dejar de recordar. Efectivamente, ese día
el mundo se conmueve por la movilización
de la sociedad civil, especialmente organizaciones
no gubernamentales y grupos feministas, organismos
de los Estados y hasta el sistema de Naciones
Unidas. Pero el
resto del año la violencia es la cara
que muchas mujeres enfrentan cotidianamente
en sus hogares, en la vía pública,
en los lugares de trabajo, y aun en los laboratorios
por imágenes que, vía las ecografías,
permiten conocer el sexo de los bebés
y planificar así el infanticidio intencional
de futuras mujeres.
El 25 de noviembre es un día de formación
de opinión pública para llamar
la atención sobre una epidemia
más persistente y más silente
que muchas de las que son transmitidas por microbios.
Después, el resto del año, la
violencia se mantiene. Aunque día a día
se suman nuevas voces a la lucha en su contra.
Conscientes de la fugacidad de combatirla un
solo día, este año, el 25 está
siendo complementado con una acción
más duradera bajo la forma de la campaña
de 16 días de activismo contra la violencia
hacia las mujeres,
promovida por un pool de organismos del sistema
internacional entre los que se cuentan UNIFEM,
UNFPA, PNUD, UNICEF, INSTRAW, el CIM de la OEA
y las organizaciones de la sociedad civil Inter
cambios, ISIS y el Centro para el Liderazgo
Global de las Mujeres. Dicha campaña
va más allá de la creación
de opinión y llama a la acción
alrededor de un compromiso
por la salud física, sexual, reproductiva,
emocional y social de las mujeres,
en los ámbitos públicos y privados,
por la salud de todas las personas, por la protección
de los derechos humanos, por la promoción
del desarrollo sostenible y por la paz en el
mundo.
Los dieciséis días de activismo
se despliegan a lo largo de cuatro fechas significativas;
la ya mencionada del día 25 de noviembre;
el 1ø de diciembre, Día Mundial
del VIH/SIDA; el 6 de diciembre, aniversario
de la Matanza de Montreal —cuando en 1989
un estudiante rechazado en el ingreso a la universidad
se sintió desplazado por el ingreso de
mujeres, tomó un arma, mató a
14 compañeras e hirió a otras
9 mujeres y 4 hombres— y el 10 de diciembre,
Día Internacional de los Derechos Humanos.
Esas fechas constituyen un pequeño
calvario que conmemora asesinatos de mujeres
de tinte político y social,
el impacto de la violencia sobre las mujeres
en relación con la propagación
del VIH/SIDA y, por último, la mención
no menor de que estas luchas se engarzan en
las de la plena vigencia de los derechos humanos,
sin ningún tipo de discriminación.
Aunque una sola
mujer fuera golpeada, sería una violación.
Pero que no se trata de un problema menor surge
de los números. Entre ellos, que una
de cada tres mujeres en todo el mundo sufrirá
violencia en su vida, que en la mayoría
de los casos el abusador será un miembro
de la propia familia de la mujer o un conocido,
que entre el 40% y el 70% de los homicidios
de mujeres son perpetrados por sus compañeros
íntimos, que entre el 4% y el 20% de
las mujeres en los países en vías
de desarrollo sufren violencia durante el embarazo
y que entre las causas de mala salud, la violencia
contra la mujer es superior al total de los
accidentes de tránsito y la malaria juntos.
Por si esto fuera poco, la
violencia contra la mujer es una de las causas
de muerte e incapacidad entre las mujeres en
edad reproductiva similar al cáncer.
Más cercano y más micro que los
datos agregados a nivel mundial, para sintetizarlos
en la fuerza de un caso, baste decir que dos
días antes de este 25 informaba un diario
de nuestra ciudad sobre el asesinato de una
mujer en una provincia del sur, hallada en el
jardín de su casa bañada en sangre,
violada por un conocido, que mantenía
una relación con la víctima y
quien al ser detenido advirtió a la Policía
que tenia sida. Y la violencia, tal como se
caracteriza actualmente, no es sólo la
que hace sangrar o deja un moretón; es
también psicológica y sexual,
como en ese caso. Y forman parte de ella
la explotación y el turismo sexual, la
prostitución infantil y la pornografía
de los pedófilos
de la Red o del vecino que en los alrededores
de un colegio está atento a cuando salen
los chicos —nenes y nenas, ya que el sexo
no hace diferencia en este caso—.
Este año, a estos datos se ha sumado
la contribución resultante de un estudio
realizado por la Organización Mundial
de la Salud, efectuado en diez países
de diverso grado de desarrollo con 24.000 entrevistas.
Su resultado más impactante es que, en
todos los casos, el patrón que sostiene
a la violencia contra la mujer es el mismo:
el desconocimiento de las víctimas como
portadoras de derechos humanos, la discriminación
y el machismo, y
que la violencia de pareja tiene efectos parecidos
sobre la salud y el bienestar de las mujeres
con independencia del lugar donde vivan, del
carácter más o menos violento
de su entorno y de su horizonte cultural y económico.
Según calcula el informe, cada
18 segundos una mujer en el mundo es agredida.
Al menos un 20% de las mujeres entrevistadas
que referían malos tratos físicos
no se lo habían dicho a nadie antes de
ser entrevistadas, lo cual indica que gran parte
de la violencia sigue envuelta en silencio.
Llegado a este punto, el lector se hará
la pregunta del millón: si éste
es el panorama, ¿son eficaces estas acciones?
Y no nos queda duda de que sí lo son.
Veinte años
atrás cuando una mujer salía al
espacio público con un hematoma en un
ojo y decía que se había golpeado
con una puerta, todo el mundo asentía.
Hoy, sin embargo, se mira con más cuidado.
Cuando veinte años atrás se oían
gritos en una casa de departamentos, se cerraban
las ventanas; hoy
se ha derribado la muralla que congelaba esa
violencia como privada y no hay dudas de que
se trata de un delito.
El triunfo de estos años ha sido crear
conciencia sobre el hecho de que el hogar no
es el apartheid de las mujeres, como ha dicho
Kofi Annan.
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